Por Ana Inés Marks (*)
Cada
vez que una mujer es asesinada por razones de género nuestra sociedad fracasa.
Pero cuando esos crímenes se repiten una y otra vez, cuando las estadísticas
crecen y las respuestas institucionales se reducen, ya no estamos frente a
hechos aislados: estamos frente a una decisión política.
Los
femicidios ocurridos durante el último fin de semana vuelven a enfrentarnos con
una realidad insoportable. Agostina, de 14 años; Dulce, de 17 años; y Noelia,
de 30 años. Tres vidas truncadas por una violencia que no es casual ni
excepcional. Tres vidas arrebatadas que se suman a una lista que nunca debería
seguir creciendo.
Desde
el primer Ni una menos hace 11 años, en Argentina una mujer es asesinada por
motivos de género cada 31 horas. Detrás de cada caso hay una historia, una
familia destruida y un entramado de violencias que el Estado debería prevenir.
Sin embargo, mientras las víctimas se acumulan, el gobierno nacional eligió
otro camino: negar el problema, desmantelar las políticas públicas y atacar los
consensos construidos durante años de lucha social.
Los
datos son contundentes. Según el Observatorio de las Violencias de Género
“Ahora Que Sí Nos Ven” y la Universidad Nacional del Delta, desde el 3 de junio
de 2015 hasta el 24 de mayo de 2026 se registraron al menos 3.205 víctimas
letales de violencia de género en nuestro país. El 85% de los femicidas
pertenecía al círculo íntimo o era conocido de la víctima. El 63% de los
crímenes ocurrió en la vivienda de la mujer asesinada o en un domicilio
compartido con el agresor. Es decir, la violencia machista no aparece en los
márgenes de la sociedad: habita los espacios más cotidianos y cercanos.
Las
cifras son todavía más alarmantes cuando se observan los casos de niñas y
adolescentes. El 22% de las menores de 17 años asesinadas había sido reportada
como desaparecida antes de ser encontrada sin vida. Además, casi dos de cada
diez sufrieron ataques contra su integridad sexual. Estos números hablan de una
violencia estructural que requiere políticas específicas, prevención,
acompañamiento y una Justicia capaz de actuar a tiempo.
Los
femicidios no pueden ser interpretados como violencia patriarcal y conflictos
privados ni como tragedias individuales. Son la expresión extrema de una
desigualdad histórica que se reproduce cuando el Estado abandona su
responsabilidad.
Sin
embargo, la respuesta del gobierno de Javier Milei ha sido exactamente la
contraria a la que exige la realidad. Mientras las organizaciones
especializadas advierten sobre el aumento de la violencia, el presidente
cuestiona la figura del femicidio y el ministro de Justicia anuncia su
intención de eliminarla del Código Penal.
La
eliminación del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, el cierre de
áreas especializadas, las restricciones al Programa Acompañar, el
desfinanciamiento de la Línea 144 y la ausencia de un Plan Nacional de Acción
contra la violencia de género muestran una orientación clara: el retiro del
Estado de una problemática que sigue cobrando vidas.
A
esto se suma una narrativa peligrosa que pone el foco en las denuncias falsas.
Los datos vuelven a desmentir el discurso oficial. Un relevamiento del
Observatorio de Género de los Ministerios Públicos detectó que las denuncias
falsas representan apenas el 0,09% del total de investigaciones penales
registradas. El verdadero problema es exactamente el contrario: millones de
mujeres no denuncian. Según estudios oficiales y de organismos de derechos
humanos, entre el 80% y el 90% de quienes sufren violencia sexual nunca llegan
a realizar una denuncia formal.
Por
eso resulta especialmente inaceptable escuchar, una y otra vez, relatos de
mujeres o familiares que afirman haber acudido a una comisaría y no haber sido
escuchados. La madre de Agostina denunció esa misma situación. Y cada vez que
una denuncia es ignorada, el Estado también se vuelve responsable.
La
libertad de la que tanto habla el gobierno no existe cuando las mujeres viven
con miedo. No hay libertad cuando una adolescente desaparece y no vuelve. No
hay libertad cuando una mujer no puede denunciar porque nadie la escucha. No
hay libertad cuando el Estado decide mirar para otro lado. No hay libertad con
una mujer asesinada cada 31 horas.
(*) Senadora Nacional por Río Negro, Presidenta de la banca de la mujer
3 junio 2026
Opinion