Por Juan Martin (*)
TodavÃa
duele la derrota frente a España, a la vez que aflora el agradecimiento. Sin
dudas, una vez que las heridas cierren, empezaremos a comprender en su justa medida
la transformación que trajo la Scaloneta, algo que va mucho más allá del
fútbol.
La
Scaloneta no es solo el equipo más ganador de la historia de nuestro fútbol. Es
un proceso. Un proyecto que se sostuvo incluso cuando no habÃa resultados
inmediatos. Se construyó con orden, planificación, con roles definidos y con
una conducción que nunca perdió el eje. Algo que en la polÃtica parece ciencia
ficción.
Si uno
baja esa lógica a RÃo Negro, el contraste es inevitable y aquà es donde tenemos
mucho que aprender de la Selección.
La
provincia hace casi 16 años que gira en una rueda donde todo cambia para que
nada cambie. Se anuncian planes que no se sostienen, reformas que no
transforman y prioridades que se redefinen según la urgencia del momento. Salud
colapsada en varios puntos, educación con parches permanentes, seguridad
discutida más en declaraciones que en resultados concretos. No es falta de
diagnóstico. Es falta de dirección.
La
primera lección de la Scaloneta es esa: sin rumbo, no hay resultado. Y en RÃo
Negro el rumbo muchas veces parece atado a la coyuntura, no a un proyecto.
La
segunda es más incómoda: el equipo está por encima de los nombres. En la
Selección, incluso las figuras más grandes entendieron que el protagonismo es
colectivo. Nadie rompe el sistema para lucirse. Ni siquiera el más grande.
En la
polÃtica rionegrina pasa lo contrario. El personalismo sigue siendo regla, no
excepción. Dirigentes que construyen pensando en su propia supervivencia o
alimentan su figura más que un proyecto común. Espacios que dependen de una
cara, de un apellido o de un armado circunstancial. Cuando el liderazgo se
vuelve personalista, el sistema se debilita. Y cuando ese liderazgo falta o se
desgasta, no queda nada sólido detrás.
La
tercera lección es la cultura del proceso. La Selección no improvisa. Sostiene
una idea, prueba, corrige y vuelve a intentar. No cambia todo cada seis meses
para mostrar movimiento.
En RÃo
Negro, en cambio, la polÃtica suele confundir gestión con reacción. Se corre
detrás de los problemas en lugar de anticiparlos. Se gobierna más para apagar
incendios que para evitar que empiecen. Y asÃ, cualquier avance termina siendo
parcial, frágil y fácilmente reversible.
También
hay una cuestión de credibilidad. La gente cree en la Selección, aun en la
derrota, porque ve coherencia, un equipo que compite, que responde, que tiene
una identidad. En polÃtica, esa confianza está rota. Y no se arregla con
marketing ni con slogans reciclados. Se reconstruye con consistencia, con
resultados y con dirigentes que hagan lo que dicen, incluso cuando no conviene.
La
conclusión es bastante menos épica que el Mundial que acaba de terminar. RÃo
Negro no necesita más liderazgos personalistas ni administraciones que
sobreviven. Necesita un equipo, un rumbo claro y dirigentes que entiendan que
gobernar no es sostenerse, sino transformar.
La
Scaloneta ya mostró que se puede. La pregunta es cuánto tiempo más la polÃtica
rionegrina va a seguir haciendo como que no lo ve.
(*) Legislador provincial, PRO – Unión Republicana
19 julio 2026
Opinion