Por Horacio Padellaro (*)
Antiescuela y antipsiquiatría, un correlato
El prefijo anti para escuela resulta provocador como seguramente lo fue en su momento para psiquiatría. Durante mucho tiempo pensamos que la escuela era ese espacio
neutro, casi sagrado, ese segundo hogar con un molde estándar para que obligatoriamente los chicos se educaran (aprender fue siempre lo de menos).
Aprender; en la iglesia el catecismo, en la escuela cumplimiento y obediencia, un mismo formato para completar una moral de rebaño, y creímos que estaba bien, que así
debía ser y ese esquema aunque cuestionado duró, pero hoy día que vemos al mundo convertido en una tienda a cielo abierto de ofertas de todo tipo, de sinsentidos, un mundo,
en el que todo es igual a nada y el pensamiento crítico es una quimera que unos pocos practican, la escuela es claramente otro producto sinsentido pero diseñado para el control
del rebaño.
Desde los 2 hasta los 18 o 19 años, todo ese “tiempo de oro”, los chicos son capturados por un dispositivo carente de la intención de formar sujetos libres capaces de pensar por sí mismos, a ese dispositivo se lo llama escuela.
La escuela no educa, administra, clasifica, comunica y la gente común no es capaz de advertir semejante fenómeno y, si es capaz de admitirlo y asumir alguna postura, el dispositivo de control despliega sus otros recursos más persuasivos y cada uno a su casa.
La escuela no dejó de ser un espacio de transmisión viva del saber porque nunca lo fue y si en algún sentido ha sido o lo es, es gracias a docentes que asumen con sus riesgos una postura crítica del sistema en la acción de la propia escena.
La escuela es un dispositivo de adaptación, no enseña a pensar enseña a responder con fórmulas preestablecidas, el pensamiento no es estimulado porque al sistema no le sirve pensar, es muestra acabada de la psicopatía institucional, el pensamiento es aplastado por el peso del organigrama institucional, las materias, los tiempos, el horario. No hay lugar para el pensamiento y sin pensamiento no hay interrogantes y si no hay preguntas el entusiasmo por el conocimiento, el interés de conocer desaparece, la singularidad se anula y el rebaño resurge cada día, cada jornada escolar, cada mes, cada año, cada vida.
El conocimiento surge del deseo de conocer y de allí el saber. La escuela entrena para cumplir consignas, no reconoce y por lo tanto no acompaña los procesos singulares.
El aula es una despintada ilusión de grupo, una incómoda sala de espera para los chicos y para el docente un lugar de una rutina que lo agobia, donde agota su energía en el ejercicio de una burocracia institucional.
Como quiera que sea la escuela, el alma de la escuela sigue viva, y eso es lo que cuenta. Años de permanencia para forjar en los cuerpos y almas de esos jóvenes el modelo de ciudadano que el sistema necesita, el “recurso humano”. Chicos y chicas entretenidos en la nube de clasificar para “pasar” van aprendiendo cada año a ser lo suficientemente insuficientes como para formar parte al final del ciclo del gran rebaño de un gran hermano auto satisfecho en la creencia de una libertad que desde el primer día les fue robada.
Y así quemando cada día en el tedio de ese presente continuo que dura unos 18 años, sin haber tenido el gusto de conocerse a sí mismos ni descubrir qué sentido tiene su vida, saldrán con un papel debajo del brazo y de una manera u otra dejarán transcurrir otros tantos años al servicio de otro rebaño bajo otro dispositivo de control; fábrica, universidad, empresa, etc. hasta alcanzar el deseado “jubileo” y si todavía quedan fuerzas podrán formar parte de alguna otra manada de insatisfechos en tanto el aparato de control se encargará de que las “ fuerzas del cielo” aseguren un lugar en el paraíso al amparo de las “fuerzas de control” terrestres.
Todos para nada y nada para todos. Y el tiempo, que se
desvanece como una nube en un cielo soleado, cederá el paso a la esperanza que dan los autoengaños.
Encajar en el sistema sin dejar que suenen alarmas. Invalidar cualquier principio activo de crecimiento intelectual y espiritual, abortar el germen de cualquier singularidad, es el lema de la escuela, porque la creatividad no cuenta en la agenda del sistema lo mismo que no cuenta la necesidad de formación de una ética de comunidad educativa.
Sí claro, en principio y en el fondo, a esa ética de comunidad educativa es a lo que llamamos “antiescuela” y ha de ser por ahora un gesto crítico antes que “pedagógico” para no confundir formación con domesticación ni evaluación con verdad del sujeto.
Más que una reforma del sistema educacional la antiescuela propone abolirlo y fundar otros valores para acompañar y facilitar a los chicos en ese “tiempo de oro” que les pertenece, lo que ellos necesiten para empezar a conocerse a sí mismos como individuos, y no como parte de una manada, aprender sin ataduras ni encuadres domesticadores. No es nada nuevo, nos acordamos del Emilio de (Jean-Jacques) Rousseau y hacemos un guiño pero en gran medida de eso se trata, de La antiescuela como ente liberador, como curadora, como guía en un camino a recorrer que como dice el poeta “se hace al andar”.
Acompañar y señalar será tarea del maestro o guía sabiendo que no todo lo que puede medirse educa, y no todo lo que educa puede medirse.
Lo que proponemos es una pausa crítica, un silencio para dar lugar a un profundo debate porque la escuela funciona mal, maestros y alumnos dan cuenta de ello todos los días, no hay dudas, tan mal como funcionó la psiquiatría en su momento y desencadenó un duro debate que traspasó fronteras y que dio como resultado el surgimiento de la “anti psiquiatría”.
La antipsiquiatría fue un gesto ético más que médico, no fue un rechazo ingenuo al discurso medico psiquiátrico de la época, fue y surgió en el marco de un profundo y prolongado debate acerca del significado real de enfermedad mental y de como ella es un fenómeno que atraviesa la sociedad entera y no queda relegado a un sujeto, el enfermo, el singular, “el loco”.
La antipsiquiatria redefine la locura y obliga a redefinirse al psiquiatra y sus métodos, fue una crítica al encierro pensado como respuesta automática al sufrimiento, fue una crítica al desentendimiento de la familia y de la sociedad toda, fue denuncia del poder médico que convertía el malestar en patología, sentó bases para una sospecha radical sobre la normalidad como construcción política, no negó la existencia de la locura pero lo hizo apoyada en un interrogante fundante, quién define la locura, con qué fines y a costa de quién”.
Ese gesto es clave para pensar la antiescuela en su intento de reformular el sentido de lo que significa aprender y que lugar se le confiere a sus actores. En principio es primordial, como se dijo, abrir un debate profundo acerca del valor de la escuela como la célula o matriz de la sociedad tomando como punto de partida la realidad funcional de sus tres pilares constitutivos; la Casa (el lugar), el aprendiente y el enseñante (los actores) que
no van en paralelo sino que marchan entrelazados.
La escuela ha fallado y sigue fallando; la “institución escuela” no cuida la casa, no cuida al aprendiente ni cuida al enseñante y claramente no lo hace porque al sistema le importa que así sea, pero lo llamativo es que a pesar de eso, mientras la casa se cae a pedazos y los pastos trepan por sus muros, mientras a la gente de masa el poder le va socavando lo poco que queda de la facultad de pensar, maestros y alumnos siguen, insisten, y los padres víctimas de todo eso y de sus propias vicisitudes siguen mandando a sus hijos a la escuela, la creen y la sienten indispensable, no se rinden al destrato, siguen acudiendo a la escuela año tras año, los padres siguen dispuestos a cederle a la escuela sus hijos. ¿No resulta este un punto de partida más que importante?.
Es desde este punto de partida que pensamos a la antiescuela como gesto ético capaz de redefinir el sentido de “aula”, de escuela como lugar de aprender enseñando y enseñar aprendiendo, la antiescuela como compromiso social, como gesto ético que no negocia, como lo es para la salud mental la antipsiquiatria. El aula ese lugar robado, donde el “asistir” se traduzca en ganas de “estar”, necesidad de saber.
(*) Psiquiatría y Psicología Médica MPBA 2475
24 marzo 2026
Opinion