Osvaldo
Mario Nemirovsci (*)
La
administración de Javier Milei ha convertido la provocación sistemática en su
principal herramienta de gestión, un rasgo que se asemeja más a los berrinches
de una adolescencia inmadura que a la conducta responsable de estadistas.
Sin
embargo, lo que se presenta como una "batalla cultural" irreverente
es, en realidad, un ataque frontal que hipoteca el presente y aniquila el
futuro en áreas fundamentales para la dignidad humana.
La
frialdad de los titulares de algunos medios, lo confirma: “Con una recaudación fiscal en
caída libre producto de la recesión autoinfligida, el Poder Ejecutivo
profundiza su ofensiva recortando, una vez más, las partidas presupuestarias en
salud, ciencia y obra pública”.
Este
desfinanciamiento no es un simple ajuste contable; es una sentencia de
deterioro para el sistema sanitario. Los hospitales públicos, ya asfixiados,
pierden prestaciones vitales, condenando a quienes dependen exclusivamente de
la salud estatal a tratamientos interrumpidos o deficientes. Mientras tanto, el
personal sanitario, médicos, técnicos y enfermeros que sostienen el sistema con
el cuerpo, asiste a la licuación planificada de sus salarios, viendo cómo su
calidad de vida y la de sus familias se desintegran frente a una indiferencia
oficial que roza el sadismo.
La ciencia y la educación quedan bajo fuego con este
nuevo recorte del presupuesto. Es un axioma global que ninguna nación puede aspirar al desarrollo sin el
respaldo de la validación científica aplicada a la vida cotidiana. En
Argentina, este ataque es doblemente criminal si se considera que el 70% de
la investigación científica es producida por docentes universitarios. Este
colectivo se ha transformado en el sujeto social más castigado por el régimen:
la desactualización salarial no solo es vergonzosa, sino que ha cruzado el
umbral de la supervivencia. Estamos presenciando el desmantelamiento del
capital intelectual del país, una fuga de cerebros forzada por el hambre y el
desprecio gubernamental hacia el conocimiento.
El
abandono en obra pública infraestructural muestra que en casi tres años de gestión, el
"experimento" libertario ha logrado una marca histórica de parálisis:
·
Cero escuelas construidas.
·
Cero hospitales inaugurados.
·
Ni un solo metro de ruta nacional asfaltado.
·
Abandono total
de la red ferroviaria.
La
nueva poda presupuestaria no hace más que ratificar un "estilo" de
gobierno que deja que la infraestructura nacional se caiga a pedazos. Para
Milei, Caputo y Sturzenegger, el mantenimiento de lo público es un gasto
innecesario.
Bajo
este dogma, las rutas argentinas se han transformado en trampas mortales, donde
el riesgo de accidentes fatales ha dejado de ser una variable estadística para
convertirse en una realidad posible y sangrienta.
La
crueldad como política de Estado, define a este trinomio económico-político que
gobierna Argentina.
No existen apremios éticos ni malestares espirituales en su mesa de
decisiones cuando se trata de desproteger a los más vulnerables. Existe una animosidad patológica,
más cercana al diván del psicoanalista que a la discusión política, contra los
pacientes oncológicos, las personas con discapacidad y la juventud que estudia.
La
carencia absoluta de empatía se traduce en una visión del Estado que ignora que
el país requiere edificios escolares dignos, universidades con presupuesto para
funcionar y hospitales nacionales con insumos básicos.
Mientras el gobierno celebra el "superávit" financiero sobre el cementerio de la obra pública, los jubilados y la salud, la sociedad argentina queda presa de una administración que desprecia la vida y exalta el abandono como si fuera una virtud moral.
Cae de maduro por su obviedad, que es legal, éticamente necesario, espiritualmente obligatorio y un deber político, que esta forma de gobierno finalice cuanto antes.
(*) Diputado Nacional mc – Río Negro
13 mayo 2026
Opinion