Por Edmundo "Mundy" Fuster (*)
Mientras el paÃs se debate entre el fervor del futbol, parece ensancharse una grieta invisible pero profunda: la que separa el microclima del poder del dÃa a dÃa de la gente común.
En esta ocasión analizo esa distancia abismal entre la supervivencia diaria y la proyección a veinte años. Entre los que discuten la rosca del momento y los que simplemente intentan descifrar cómo llegar a fin de mes.
Hay paÃses donde las discusiones de la dirigencia y las preocupaciones de la gente avanzan por el mismo camino. En la Argentina, cada vez con mayor frecuencia, parecen transitar por carriles diferentes.
Una mirada sin preconceptos sobre la actualidad argentina que nos invita a preguntarnos: ¿nos estamos acostumbrando a la degradación cotidiana de nuestra democracia?
"Hay acontecimientos
que logran concentrar durante unos dÃas la atención de millones de personas.
Mientras eso ocurre, la dirigencia suele aprovechar ese tiempo para seguir
discutiendo sus propios asuntos, muchas veces alejados de las preocupaciones
cotidianas de la mayorÃa."
En forma paralela, el
Gobierno, los gobernadores y la oposición, además de disfrutar de la Selección,
están muy ocupados en sus propios asuntos, en su mundo, en su burbuja, en su
caja de cristal. Unos preocupados por sus reelecciones; otros, tratando de
preparar el mejor escenario posible para 2027.
Da igual de qué partido
polÃtico sean. Oficialistas, opositores simulados, opositores que quieren
seguir con CFK o jubilarla. Todos parecen vivir en su propio mundo.
Y entonces cabe preguntarse:
¿y la gente? La gente. El pueblo. LOS NOSOTROS. Los vemos
entrando al velorio de la actualidad con pitos, matracas, papel picado y
serpentinas.
La reforma polÃtica, la
eliminación o suspensión de las PASO, no apunta a reducir el gasto para equipar
una salita del interior o agregar una moneda más a los jubilados. Apunta,
simplemente, a resolver un problema de ellos mismos.
Si se sacan o se quedan. Eso
es todo.
Algunos dicen: "Yo te
acompaño", y les ordenan a sus legisladores que también acompañen, a
cambio de que no molesten con su propia reelección, que no les pongan un
candidato taquillero enfrente o que no lo financien demasiado. Todo puede
formar parte de la negociación.
También puede entrar en el
paquete el compromiso de construir el puente sobre el rÃo Trulalá, cuyos fondos
previstos en los presupuestos de los últimos años terminaron gastándose en
ositos de peluche para el DÃa del Niño y algunos caramelos, porque total, a los
chicos les gustan las golosinas y con eso alcanza.
La discusión no pasa por un
proyecto polÃtico. Pasa por el quantum. El que negocia puede decir que
sÃ, ad referéndum de que alguien certifique y de que otro meta la mano
en el bolsillo para que la tarasca fluya. Pero que fluya.
Es triste, pero no se trata
de una cuestión ideológica. No se discute un proyecto integrador. Todo pasa por
la rosca, la transa. Algunos quieren negociar en bloque; otros prefieren el
mano a mano. ¿Es una diferencia de gestión? No. Es simplemente que las fuerzas
de unos y otros son distintas y, por lo tanto, también lo son sus formas de
negociar.
¿Y la gente? Ese tema
parece no interesarle a nadie.
La justicia social, la
movilidad social ascendente, la lucha contra el analfabetismo, el
fortalecimiento institucional, la casta, el equipamiento hospitalario, el
problema habitacional... todo eso termina siendo jueguito para la tribuna, pan
duro para la gilada.
¿Qué hay que hacer con la
casta? Muy sencillo: arreglar lo más rápido posible y al menor costo posible,
porque los muchachos del otro club hablan con los mismos interlocutores y, en
este remate, el cocodrilo que no se apura en arreglar termina siendo cartera.
Hay otro tema que al
Gobierno le interesa mucho: la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central.
Un asunto que no despierta el más mÃnimo interés en la gente de a pie,
partiendo del supuesto de que las modificaciones hechas hoy con fórceps pueden
convertirse en papel mojado cuando cambie el gobierno, sea cuando sea.
Tanta insistencia... como si
una ley no pudiera derogar otra ley. El divorcio entre la polÃtica y la gente
parece abismal, y muchas veces lo interpretamos de esa manera. Sin embargo,
convendrÃa preguntarse si realmente es asà o si existe otra explicación.
Esa alternativa aparece
cuando alguien de a pie, de la mano de quien lo promovió, ingresa al mundo de
la casta, cualquiera sea. A la velocidad de la luz se adapta. Cambian sus
intereses, sus emociones y sus prioridades de un modo que resulta difÃcil de
comprender para el resto de la sociedad.
El que no se adapta, el que
no entiende las reglas del juego, el que no aprende los códigos, sufre el frÃo
polar sin estufa e inexorablemente vuelve al llano, al ostracismo, a
quejarse de los privilegios de la casta, como si nunca hubiera formado parte de
ella.
Sólo asà puede entenderse
que, mientras los jubilados reciben apenas una cuarta parte de lo necesario
para vivir, arrecien los comentarios —obviamente interesados— acerca de que
para determinados niveles de funcionarios hubo, como en los mejores tiempos,
sobres provenientes de algún organismo que maneja fondos reservados.
Hay que entender que los
sueldos en el Estado son muy bajos y no queda tiempo para andar haciendo
changuitas los fines de semana.
Mientras algunos empleados
públicos reciben parte de su sueldo sin realizar los aportes que marca la ley,
el Gobierno eliminó los subsidios que el Estado pagaba a las empresas de micros
de larga distancia por los pasajes gratuitos destinados a personas con
discapacidad, trasplantados y pacientes oncológicos.
Sin embargo, la gratuidad
del pasaje continúa siendo un derecho vigente y las empresas siguen obligadas
por ley a emitir esos boletos sin cargo. Eso significa que el costo terminará
incorporándose al precio general del servicio. ¿O acaso algún iluminado pensó
que serÃan las empresas las que absorberÃan el gasto de puros buenas que
son?
Aunque cueste decirlo y no
resulte polÃticamente correcto, conviene blanquear que los Reyes Magos son los
padres y que los empresarios podrán apoyar al Gobierno, pero con la de ellos no
se juega.
La inflación baja. El riesgo
paÃs baja. Pero el poder de compra, en lugar de recuperarse, continúa deteriorándose.
Millones de personas salen estadÃsticamente de la pobreza extrema mientras cada
vez hay más gente durmiendo en las calles. Basta recorrer cualquier barrio para
comprobarlo.
Se utilizan fondos públicos
para viajes al exterior en jets privados con el objetivo de recibir premios o
participar de encuentros partidarios, tanto desde el Ejecutivo nacional como
desde algunos gobiernos provinciales.
Al mismo tiempo, mientras
los salarios permanecen congelados por paritarias que no alcanzan a recomponer
el poder adquisitivo, en empresas como YPF algunos directores perciben
remuneraciones propias del Primer Mundo, sencillamente escandalosas.
Mientras tanto, se exaltan
permanentemente las virtudes de la libertad, pero los legisladores nacionales
del partido gobernante ni siquiera tienen libertad para presentar un proyecto
sin la autorización previa del Poder Ejecutivo. Algo que, al menos con
semejante naturalidad, nunca habÃamos visto.
Los ejemplos podrÃan
multiplicarse tanto como el malestar que hoy se percibe en la calle.
También resulta evidente que
ese descontento no logra ser capitalizado por el principal partido de la
oposición porque, según parece, la provincia de Buenos Aires dista mucho de
parecerse a un cantón suizo.
Quizás el verdadero secreto
de este divorcio entre el Poder y la gente —no sólo entre los polÃticos, sino
entre el poder en sentido amplio— sea que viven una realidad paralela.
Habitan un mundo que
sobrevuela el de la mayorÃa de la sociedad. Sus preocupaciones son de
permanencia. Las nuestras, de supervivencia. Ellos proyectan a veinte años. Muchos
argentinos apenas logran proyectar hasta el dÃa veinte de cada mes. Después
vendrán los fideos con aceite...y, con suerte, también con queso rallado.
El humo de las chimeneas no
contamina el aire que ellos respiran. Les preocupa el Protocolo de Kioto si la
inversión sale del bolsillo propio. A nosotros nos preocupa que se cumpla,
porque es en este sub planeta donde vivimos LOS NOSOTROS.
En ese otro mundo, las leyes
parecen funcionar de manera diferente o, al menos, las posibilidades de
adaptarlas a las propias necesidades son infinitamente mayores.
Siempre aparece una ventana
desde la cual aspirar la tarasca necesaria para seguir viviendo como prÃncipes,
mientras, de tanto succionar, consiguen que muchos terminen viviendo como
mendigos.
¿Son los que hoy están en el
poder los únicos responsables de semejante desigualdad? No. Esto viene de mucho
antes. Nos fuimos acostumbrando. Naturalizamos escuelas sin vidrios, hospitales
sin alcohol, turnos imposibles de conseguir, trámites absurdos, inseguridad
creciente, tasas que en realidad son impuestos.
Y como todo ocurrió de a
poco, y siempre la culpa era del otro, terminamos aceptándolo. La degradación
de la democracia no se produce de un dÃa para otro ni por decreto. Se construye
lentamente. Todos los dÃas.
Pero mejor no pensar demasiado en eso, total mañana habrá otro tema que ocupe todos los titulares. Lo preocupante es que, mientras cambian las noticias, los dos mundos siguen sin encontrarse.
(*) Consultor y Columnista de Opinión
DNI 12.088.056
19 julio 2026
Opinion