Por Edmundo "Mundy" Fuster (*)
En el sector privado, si no estás cómodo, si el sueldo no rinde o sentís que tocaste techo, armás el bolso, actualizás el CV y buscás nuevos horizontes. Es la lógica más elemental de cualquier laburante.
Sin embargo, en la política ocurre un fenómeno digno de estudio científico: funcionarios capaces de aceptar ingresos formalmente "miserables" para la responsabilidad que cargan, pero que jamás, bajo ninguna circunstancia, evalúan la renuncia. Al contrario, al momento de jurar ya están armando la reelección.
¿Son más patriotas que San Martín o hay un Síndrome de Estocolmo colectivo? ¿O será que, como decía un expresidente, "cuando se van, hay que contar los cubiertos"?
Te invito a leer mi última columna de opinión, un recorrido sobre las contradicciones de nuestra sociedad, la "plata negra", los arrepentidos de doble vuelta y las dos caras de una misma moneda.
El seguir conociendo el
nivel de vida del ex Jefe de Gabinete de Ministros me ha impulsado a un
profundo examen de conciencia.
A lo largo de mis años de
laburante, cada vez que en un lugar no me sentía cómodo, bien pagado o sin
posibilidades de progreso, revisaba mi escuálida agenda de contactos, compraba
el Clarín y comenzaba en silencio, sin prisa pero sin pausa, a buscar
otro trabajo.
En esos tiempos no existía
Internet; había consultoras reservadas para puestos gerenciales o de alta
dirección que me superaban y hasta las cartas debían ser manuscritas. Así era
todo: muy artesanal.
En la política, eso desde
hace un tiempo funciona distinto.
Existe una clase de ser
humano capaz de aceptar ingresos miserables comparados con la función que
desarrollan o incomparables con los que podrían recibir en la actividad
privada.
Son altruistas o tienen un
máster del MIT en masoquismo existencial; a pesar de eso, a ninguno se le cruza
renunciar y, si pueden, en el momento de la jura ya están pensando en la
reelección.
A afrontar esas condiciones
miserables de ingresos llaman "compromiso" (¡¡¡macho!!!, dijo
la partera), lo que me hace pensar que son más patriotas que San Martín,
Belgrano o Moreno, o que algo extra sucede que los mantiene atornillados.
Ningún ingreso extrasalarial
es legal ni bien visto por la sociedad. Y aunque no se puede decir que existen
otras cosas porque nunca las pruebas son suficientes, sí se puede pensar.
Subiendo al Fiat 147 de un
amigo, hace mucho tiempo, le dije algo así como:
Espero que ahora que asumís
como concejal (lo que hoy es diputado) no cambies el coche demasiado rápido. Y
me devolvió una sonrisa.
Cuando le pregunté a una
exdiputada nacional a qué se iba a dedicar, me dijo: —Con otro exdiputado,
vamos a poner una consultora. Repregunté ¿de qué? y su parca respuesta fue: Una
consultora.
Seguro que nunca más sucedió
que se pagaran sobresueldos a funcionarios de los fondos reservados, tal como
lo confesó el exministro Oscar Camilión, o de la Jefatura de Gabinete (como lo
confesaron allegados a exministros como Raúl Granillo Ocampo), o como lo
reconoció el propio expresidente Carlos Menem.
La diputada Marcela Pagano
(ex LLA) confesó y denunció públicamente que se cobraba dinero por entrevistas
y reuniones con funcionarios del gobierno, según manifiestan la revista Noticias
y el diario digital Sitio Andino.
Dudo que sea verdad; eso
nunca pasó ni volverá a pasar.
Afortunadamente, casi no hay
casos de detenidos por tráfico de influencias; rastreando con la IA sólo
aparece un único caso de un exfiscal, con lo cual podemos quedarnos tranquilos
que, luego de pasar varios años en la función y de conocer a propios y extraños,
ninguno se dedica a "tarjetear" para hacer favores a amigos. Es obvio
que deben tirar las agendas.
Podemos quedarnos muy
tranquilos: en nuestra sociedad nadie recibe una moneda por izquierda ni en un
sobre sin membrete. Eso que se firma y que no sirve para nada, en realidad, no
es un mini comprobante de plata negra; es sólo para garantizar que lo recibido
ha sido realmente entregado.
Pero algo le pasa a nuestra Sociedad
que siempre duda, al menos por mitades.
Cuando uno está en el poder,
desde la vereda de enfrente aseguran que “pasan cosas”; y cuando se da vuelta
la tortilla, los acusados pasan a ser acusadores. Con lo cual, la mala imagen
no la construye el periodismo ni "LOS NOSOTROS", sino los
alternativos salvadores de la Patria, blancos e inmaculados, incapaces de
cometer un ilícito.
Este concepto de honestidad
a toda prueba se verifica no sólo en la clase política; los sindicalistas son
otro ejemplo. Todos viven un poco mejor que austeramente. Si tienen algo, es
porque la esposa heredó una fortuna de su padre, que quizás era gerente general
de una multinacional o director de un banco suizo.
Otro ejemplo, aún más claro
y caro a nuestros sentimientos, son los empresarios.
Al extremo que muchos
relacionados con la construcción confesaron que habían aportado "unas
monedas", que no era plata de ellos, sino nuestra, para que les dieran
obras públicas (se subía el precio de la oferta y ese plus iba para
obras de caridad) y, por esa posición altruista, por ese mea culpa, se
los llamó "arrepentidos".
En realidad, son doblemente
arrepentidos, ya que luego se arrepintieron de haberse arrepentido. Eso sí que
tiene un valor extra. Ya se los está castigando con nuevas obras, tampoco es
cuestión de ser rencoroso.
Eso que nunca dieron, se lo
dieron a funcionarios que ganaban mucho menos en la función pública que
haciendo valer su expertise en cualquier empresa privada.
Algo los hacía quedarse.
Acusaciones cruzadas, juicios eternos, abogados carísimos capaces de defender
al cazador en el juzgado A y a las liebres en el B.
Nuestra probidad no tiene límites. Y pensar que todos estos benefactores de la humanidad son fruto y emergentes de nuestra sociedad. Feliz aquel que a lo suyo se parece. Podemos sentirnos orgullosos de lo que hemos engendrado.
Sin centrarnos en ningún
caso en especial, por las dudas alguien se ofende y me demanda (por haberlo
discriminado y no nombrarlo), pero ¡cuánto mal que nos causan!
Es bastante indigno.
No es para conformarnos,
pero no somos los únicos que padecemos la presencia de seres extraterrestres
invisibles que se dedican a vaciarnos cada caja inescrupulosamente; en otros
países también pasan cosas: sobresueldos, tráfico de influencias, corrupción,
favores que se pagan caro... siempre con la ajena. No hemos inventado nada;
esto viene de lejos en el tiempo y en la distancia.
Quizás uno se pone
hipersensible cuando ve lo que pasa en Cuba, o cómo está Venezuela, un país con
25 años de desinversión y algunos millonarios.
Sin ir tan lejos, nosotros
tenemos lo nuestro: valijas que traían desde el exterior (y quien lo descubrió
se fue a su casa), valijas llevadas a un convento que no era un convento y que
recibían monjas que no eran monjas.
Fortunas en vestidores,
casas fastuosas, complementos de marcas famosas, barrios enteros que son
verdaderos aguantaderos de ricos con declaraciones juradas de pobres... Y
pensar que todo eso es la contracara de nuestras necesidades básicas
insatisfechas.
Algunos de los que disfrutan
de vivir en el paraíso son influyentes, mediadores, conectados, intermediarios
entre quien tiene la necesidad y quien tiene la lapicera para firmar la
solución. Y ese no se quiere ir, aunque gane menos que el que sirve el café.
El ex presidente Carlos
Menem dijo: "Cuando alguien se sienta a tu mesa y te habla de moral,
honestidad y ética, cuando se va hay que contar los cubiertos".
La gente entra buena y
decente; el sistema, en algunos casos, los convierte en malos e indecentes. Y a
lo bueno uno se acostumbra bastante rápido.
Rutas destruidas, hospitales
mal equipados, médicos con sueldos de hambre, educación sin presupuesto ni
salarios dignos, discapacitados mal atendidos y familiares que entregan sus
vidas para hacer frente a lo que el Estado no es capaz de resolver.
Jubilados que son mucho más
que "viejos meados", con un vademécum de PAMI cada vez menos
colaborativo y unas pagas que no cubren ni la cuarta parte de lo que se
necesita para vivir con mediana dignidad, son dos caras de una misma moneda.
Eso es el alfa (el
atornillado) y el omega (el que no recibe lo que corresponde). Y en el
medio, el lumpenaje de traje y coche caro.
Si no puede haber justicia
social de verdad (no la declarativa y marketinera), por lo menos que no haya
injusticia criminal.
Quizás sea la hora de
pensar: si los sueldos son tan malos como trasciende y de todos modos se quedan,
tal vez padezcan el Síndrome de Estocolmo.
FIN.
(*) Consultor y Columnista de Opinión - DNI 12.088.056
CABA - Argentina
5 julio 2026
Opinion