Si China es un tsunami, la inteligencia artificial es un meteorito

Opinión: Ignacio Somorrostro

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Por Ignacio Somorrotro (*)

Mientras en la Argentina discutimos —con intensidad casi épica— una reforma laboral que, a mi juicio, es un paso adelante aunque claramente insuficiente, el mundo avanza hacia una transformación infinitamente más profunda. Si la irrupción económica de China fue un tsunami que reconfiguró cadenas de valor, comercio y geopolítica, la inteligencia artificial es un meteorito que impactará directamente sobre la estructura misma del trabajo humano.

La reforma laboral debate jornadas, indemnizaciones y costos de contratación. Pero el verdadero interrogante es otro: ¿qué ocurrirá cuando buena parte de los empleos actuales simplemente dejen de existir? Cualquier tarea que se realice frente a un escritorio —análisis contable, redacción jurídica estándar, auditorías preliminares, diseño básico, programación rutinaria, atención al cliente, diagnósticos administrativos— será ejecutada por sistemas de inteligencia artificial con mayor velocidad, menor margen de error, menor consumo energético y capacidad de procesamiento exponencialmente superior. No es una hipótesis futurista; es una transición ya en marcha.

En una primera etapa, los trabajos físicos parecerían más protegidos. Sin embargo, la combinación de inteligencia artificial con robótica avanzada anticipa una automatización creciente también en logística, manufactura, construcción y agroindustria. La sustitución no será total ni inmediata, pero será progresiva e irreversible. Las empresas serán más eficientes, más rentables y probablemente tributen más en términos agregados, pero necesitarán mucha menos mano de obra directa.

El fenómeno no es ideológico ni partidario. No es responsabilidad de un gobierno ni consecuencia de una apertura económica. Es un proceso global impulsado por inversión privada, competencia tecnológica y economías de escala planetarias. Culpar a la política local por un fenómeno estructural sería un error de diagnóstico. Lo que sí es responsabilidad de la dirigencia es anticiparse.

La inteligencia artificial también traerá beneficios sustanciales: optimización energética, reducción de desperdicios, mejoras ambientales, sistemas productivos más eficientes y bienes más accesibles. La capacidad de modelizar procesos complejos permitirá desde redes eléctricas inteligentes hasta cadenas logísticas con mínima huella de carbono. Pero cada avance tecnológico implica una redistribución del factor trabajo.

Frente a este escenario, la discusión de fondo no es meramente laboral; es civilizatoria. ¿Cómo se reconvertirán millones de trabajadores? ¿Qué nuevas habilidades demandará el mercado? ¿Qué rol jugarán la educación técnica, la formación continua y la reingeniería del sistema tributario? ¿Cómo se financiarán los sistemas previsionales si la relación entre capital y trabajo cambia radicalmente?

Estas son las conversaciones que deberían ocupar hoy las legislaturas provinciales y el Congreso Nacional. No como consignas alarmistas, sino como políticas públicas estratégicas. Invitar a especialistas, convocar a universidades, integrar al sector

privado y diseñar planes de reconversión profesional no es una opción académica: es una necesidad urgente. La Argentina llega a este punto con fragilidades estructurales —alta informalidad, baja productividad, escasa densidad empresarial— que la hacen particularmente vulnerable. Pero también tiene ventajas: talento tecnológico reconocido, ecosistemas emprendedores dinámicos y capacidad científica relevante. La pregunta no es si el meteorito caerá. La pregunta es si estaremos construyendo refugios o discutiendo reglamentos del siglo pasado mientras el cielo ya se ilumina. El tiempo de anticiparse es ahora. Porque la inteligencia artificial no está por llegar: “ya llegó, hace rato”

PD: Este texto fue redactado por mí, pero mejorado significativamente por la IA

(*) Licenciado

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