¡Es el presente, estúpido!

Opinión: Pedro Pesatti

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Por Pedro Pesatti (*)                                                                                                                                                 

El ser humano solo habita el presente. En consecuencia, la mayor y más perversa contradicción de estos tiempos es la pretensión política de diferir el hoy en nombre del futuro. Se trata de un argumento existencialmente vacío: la finitud de la vida humana impide habitar el mañana, porque el futuro es apenas una construcción sin referencia tangible, mientras que el presente constituye la única casa real en la que vivimos. Obligar a una comunidad a postergar su bienestar equivale, por lo tanto, a condenarla a la nada misma, ya que, en ese porvenir prometido, quienes hoy padecen las consecuencias de toda espera estarán irremediablemente muertos, independientemente, incluso, de su edad. Ni el joven ni el viejo saben cuánto tiempo futuro les ha sido reservado por Dios.

Con mucha sabiduría, Keynes lo advirtió antes que nadie. En 1923 escribió que “a largo plazo todos estaremos muertos”, frase dirigida contra aquellos economistas que justificaban el sufrimiento presente con la promesa de que el mercado terminaría corrigiendo todos los problemas. Frente a esa lógica, Keynes reclamaba acción inmediata para que los muertos del mañana pudieran vivir con dignidad el único tiempo verdaderamente constatable: el presente.

Argentina, castigada por un programa económico que ha entronizado la crueldad como método de gobierno, necesita respuestas para el ahora y no promesas destinadas a personas cuya propia finitud quizá les impida verificar alguna vez ese supuesto porvenir. Lo necesitan los jubilados, que hoy experimentan el poder adquisitivo más bajo de la historia del sistema previsional argentino; lo necesitan millones de argentinos que intentan acceder a una vivienda, convertida en un horizonte inalcanzable por la ausencia absoluta de políticas habitacionales y por una legislación de alquileres que desprotege de manera extrema al inquilino; lo necesitan los hogares obligados a endeudarse con tasas usurarias para comprar alimentos y cubrir servicios básicos; lo necesitan los trabajadores golpeados por la caída del salario real, la precarización laboral y el cierre de veinticinco mil pymes, cifra que continúa creciendo día tras día, al mismo tiempo que aumentan el desempleo y la pobreza; lo necesitan las personas con discapacidad, castigadas por el desmantelamiento del sistema de salud, de las obras sociales y de la educación en todos sus niveles.

Por eso, gobernar no consiste en prometer un paraíso futuro cuya realización nadie puede tener la certeza biológica de llegar a vivir, ni en exigir sacrificios incompatibles con la brevedad de la existencia humana. Gobernar consiste en resolver el presente. Porque una comunidad no se construye en la sala de espera de un mañana hipotético, sino en la casa concreta del ahora, que es el único lugar donde transcurre la vida de todos.

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