Una joven viedmense lucha para sostener la vigencia de su
reclamo judicial por abusos que sufrió en diferentes momentos de su vida.
Micaela es una viedmense cuya historia fue expuesta horas
atrás por el poderoso sitio de noticias Infobae
Micaela está en Viedma, Río Negro, donde sucedió todo lo
que denunció y donde todavía vive. “Todo” es lo que cuenta apenas arranca a
contar su historia. “Fui abusada sexualmente cuatro veces, todas por hombres
del círculo íntimo de la familia”.
Micaela ya no es la niña que pudo denunciar los dos
primeros abusos, tampoco la pre adolescente de la historia de “la boca del
lobo”. Ya tiene 28 años y fue hace muy poco que logró juntar sus pedazos para
ir, como sobreviviente, a denunciar a los que faltaban. En la Justicia, sin
embargo, le dijeron que ya era tarde.
“El primer abuso fue cuando tenía 5 años, todavía iba al
jardín de infantes”, arranca. Sus padres se habían separado el año anterior,
por eso Micaela vivía con su mamá en la casa de un amigo que les había ofrecido
alojarlas.
“Mi mamá trabajaba en un boliche de noche y nos dejaba al
cuidado de él, y bueno…”, suspira. Con las pocas palabras que tenía a esa edad,
Micaela pudo decirle a su mamá lo que le había pasado apenas se despertó.
“Yo no sabía las partes de mi cuerpo, entonces le dije
que él me había bajado el pantalón y había frotado su cuerpo contra el mío”.
Su mamá enseguida llamó a su papá. “Hablaron entre ellos
y nos mudamos, pero a mí nadie me explicó nada. Nadie me dijo que eso no era
algo que tenía que normalizar, que era grave”. Se instalaron en otra casa que
alquilaron, adonde comenzó a ir asiduamente otro amigo de su mamá. Como lo
único que había cambiado era la escenografía, volvió a suceder.
“También era como parte de la familia, él pasaba mucho
tiempo con nosotras”, sigue Micaela. “Yo ya tenía 7, 8 años, era muy chica pero
cuidaba a mis hermanas y me quedaba sola con ellas, entonces este hombre empezó
a quedarse con nosotras, supuestamente para cuidarnos”.
Esta vez, cuenta, se sumó una amenaza concreta. “Si vos
decís algo, le voy a hacer lo mismo a tus hermanas”.
Sigue ella: “Me anuló completamente, ya no podía contarlo
porque creía que mi rol era proteger a mis hermanas, había una madre que no
estaba cumpliendo su función. Sentía que tenía que cuidarlas aunque me costara
el cuerpo”.
Pasaron dos décadas pero el recuerdo sigue ahí, vivo: las
noches en las que esa nena que iba a segundo, tercer grado, se hacía la dormida
para que él no la despertara. Las noches en vela, durmiéndose en la escuela
después.
“Igual me agarraba y me llevaba arrastrándome a la cama
de mi mamá. Después era parecido al primer abusador: se frotaba contra mi
cuerpo y me hacía ir a lavar”. Era una manipulación sigilosa, porque nunca
dejaba huellas físicas.
“Hasta que no aguante más y le conté a mi mamá, como
pude, porque era chica y tampoco tenía palabras, no decía ‘vagina’ o ‘tetas’”.
No fue fácil lograr que alguien la escuchara: “Me echaron de la escuela en
segundo grado porque le conté a todas las maestras, creo que buscaba que algún
adulto me ayudara”.
Su mamá también se había criado en un ambiente abusivo,
por lo cual tenía todos los límites borrados. “Imaginate que su propio padre
violaba a su hermana, hasta que la dejó embarazada. Mi mamá se acostumbró a
vivir en ese horror, naturalizó toda esa violencia”, comprende Micaela.
“Así que cuando era adolescente, mi mamá se puso en
pareja con mi papá, un hombre 10 años mayor, se fue de esa casa, y tenía 16
años cuando nací yo. Después, pasó lo que pasó. ¿Qué? Yo le terminé contando a mi
abuela lo que me estaba haciendo ese hombre, ella me llevó a hacer la denuncia
y a mi mamá le sacaron la tenencia”.
Fue duro, arrasador: “En el juicio mi mamá declaró que yo
mentía. Entiendo que lo hizo por miedo a que le sacaran a sus hijas pero yo estaba
en tercer grado, es difícil escuchar a tu mamá decir que estás mintiendo”,
cuenta ahora, que hace tiempo perdió todo vínculo con ella.
El segundo de los abusadores tenía antecedentes penales y
fue condenado. “El otro no, como yo no sabía las partes de mi cuerpo (decía
“acá” pero no decía “me tocó la vagina”) consideraron que mi testimonio era
dudoso”.
La Justicia determinó que Micaela y su hermana debían
quedar a cargo de su papá, donde se suponía que iban a estar seguras.
Se suponía.
La adolescente
“Igual estábamos siempre en la casa de nuestros abuelos,
mi papá se iba de viaje sin aviso y nos dejaba ahí, ni siquiera dejaba una muda
de ropa”, avanza.
Micaela tenía 13 años y ya no era una niña sino una pre
adolescente bombardeada, como todas, por ideas de amor romántico polémicas: las
de la Bella y la Bestia, por ejemplo, la dulce dama que, por amor, es capaz de
domesticar a una bestia.
“¿Viste que a veces te obligan a saludar con un beso a
tus parientes? Bueno, en la casa de mis abuelos vivía mi tío y nos hacían darle
un beso. Bueno, su juego era correrte la cara en ese momento y darte un beso en
la boca. Sucedía delante de todos, nadie lo veía mal, nadie lo frenaba”.
La tensión, cuenta, era permanente: “Yo no podía tener el
pelo para el costado y el cuello descubierto porque él venía y me besaba el
cuello. Me daba besos en la boca, me toqueteaba todo el tiempo”, relata.
“No me trataba como a una sobrina, se hacía el novio, lo
disfrazaba de amor. Hasta que me llevó a su pieza y me dijo ‘yo sé lo que te
pasó cuando eras chiquita, pero yo no soy igual, yo te quiero’”.
Con el disfraz de amor romántico la manipulación suele
ser más efectiva pero Micaela detectó el patrón enseguida. “Porque hizo lo
mismo que me habían hecho los otros: frotó su cuerpo contra el mío y después me
hizo lavar. Pero para mí ya no era lo mismo si tenía que denunciarlo: era un
pariente”.
Su abuela -la misma mujer que la había rescatado y
ayudado a denunciar a los dos primeros abusadores- se enteró, pero no de boca
de su nieta: “Lo vio, vio a su propio hijo cuando me estaba forzando para darme
un beso. Pero en vez de decirle algo se enojó conmigo, me dijo ‘yo no quiero un
hijo preso, así que callate la boca porque si vos hablás vas a matar de la
tristeza a tu papá y a tu abuelo’”.
La culpa iba tomando nuevas dimensiones: “Mi tío lo hizo
esa vez y siguió intentándolo siempre”, sostiene Micaela. “Yo era chica, creía
que tenía que cargar con lo que le pasaba al otro: si estaba enamorado de mí
era por algo que yo hacía, si estaba enojado lo mismo. Empecé a cargar con eso
también y a tratar de no estar más con hombres sola”.
Los límites también se estaban borrando y la cuarta vez
“ocurrió cuando tenía 14 años y significó el quiebre mental”, sigue ella. “Yo
estaba teniendo clases particulares de matemáticas con el padrino de mi
hermana. Estábamos sentados a la mesa, la mesa tenía un mantel. Mi abuelo
estaba enfrente nuestro, en otra habitación”, relata.
“Se me acercó, me metió la mano en el pantalón y me metió
un dedo. Fue horrible, yo no estaba sola, estaba mi abuelo cerca, pero no
estaba mirando. Yo pensaba ‘¿cómo le explico lo que que este hombre acaba de
hacerme?’. Me sentí muy desprotegida, pensé ‘ni sola ni acompañada puedo
protegerme del abuso, ya está, este es mi karma, esto va a ser siempre así”.
La adulta
Micaela había aprendido a callar, por lo que siguieron 13
años de silencio. Hasta que una ficha empujó a la otra, y a la otra, y a la
otra.
Primero murió su abuelo, la única razón por la que se
sentía obligada a seguir yendo a la casa en la que vivía ese tío. “Después tuve
una charla con mi abuela, porque a otra nena de la familia le había pasado lo
mismo. Y mi abuela me contestó ‘que se joda por puta, seguro que lo provocó’.
Yo le contesté ‘¡abuela, tenía cinco años!, ¿de qué puta me estás hablando?”.
Micaela, con ayuda de su psicóloga, logró despegarse de
ese barro. “Identifiqué que esa familia estaba re podrida, ¿cómo nos iban a
cuidar con ese pensamiento?”. Ya era adulta cuando se enteró de otra noticia:
“Mi papá también había sido denunciado por abuso sexual”.
Para proteger a esa víctima prefiere no decir contra
quién pero sí que fue difícil, muy: “Porque mi papá me dio una versión pero
cuando fui a hablar con ella le creí todo: la vi llorar y detecté en su dolor
algo que yo también había vivido”.
Hubo escraches en la ciudad, una infección histórica que
empezó a supurar. “Y ahí pude comprender que yo no me merecía cargar con ese
dolor, que todas esas personas tenían la responsabilidad de cuidarme”.
Y fue así que el 5 de enero de 2021, cuando tenía 27
años, Micaela fue a denunciar a su tío y al padrino de su hermana. “Tuve que
contar todo muchas veces, a abogados para que alguien quisiera tomar el caso, a
la psicóloga, en la fiscalía. ¿Y sabés que pasó? Los dos casos prescribieron, y
las dos denuncias se archivaron. Ya era tarde”.
Lo único que logró fue una orden de restricción de
acercamiento contra su tío, que se vence en el verano. “Después de un abuso
terminás devastada, el dolor y el terror te persiguen, claro que no estás lista
para denunciar enseguida”, explica. Ni hablar si el abusador es parte de la
familia.
Fue en esa batalla, en ese no poder creer que encima de
todo la responsabilidad parecía de ella por no haber podido denunciar antes,
que se sumó a un grupo de mujeres de Viedma que estaban peleando, precisamente,
por el “derecho al tiempo a denunciar”. Es decir, por una ley de imprescriptibilidad
de los abusos sexuales en la infancia.
En conjunto con las mujeres radicales de la ciudad
redactaron un proyecto de ley que ya presentaron varias veces en la Cámara de
Diputados de la Nación y sigue esperando ser tratado. Por eso lanzaron, además,
una petición en change.org donde ya juntaron 40.000 firmas.
“El proyecto de ley habla del derecho a poder denunciar
cuando una pueda, para que no te vuelvan a dejar en esa soledad tan profunda”,
se despide Micaela. “Yo estoy viva porque estoy sobreviviendo pero necesito que
me reparen de otra forma. Necesito una justicia verdadera”.

6 enero 2026
Viedma