Por Edmundo "Mundy" Fuster (*)
Sábado por la mañana, temprano. El sol empieza lentamente a asomarse. Tomo un café, paso revista a los diarios vía internet y recalo en una red social. Allí encuentro gente conocida a la que le dedico un tiempo; aunque nunca lo sepan, es mi forma secreta de decirles: “Te recuerdo”, aunque haga añares que no nos vemos ni sé nada de ellos.
Me cruzo con exalumnos, excompañeros de estudio y de trabajo, familiares y también con algunos con quienes, en la juventud, abrazamos sueños de un país mejor, con libertad, democracia, educación, justicia e igualdad.
Casi todos comparten un posteo esencialmente uniforme: críticas sin piedad para el presidente Milei. Y, a ver, bien merecidas las tiene; su falta de sensibilidad, su empatía nula y sus expresiones para quienes piensan distinto no alcanzan un mínimo decoroso, ni en las formas ni en el fondo.
Aclaración: no me gusta que, desde la cúspide del poder, se insulte, se patotee ni se descalifique a nadie. No me gustaba antes y no me gusta ahora.
Es bastante triste, pero comparto la mayoría de esos cuestionamientos y los doy por ciertos.
¿Entonces, dónde está el problema?
El problema es que los hipercríticos parten del concepto, aunque digan que no, que la Argentina de hoy nació el 10 de diciembre de 2023, con la asunción de Javier Milei.
Y, para no ir demasiado atrás, aceptemos que desde el fin de la dictadura militar y el advenimiento de la democracia habíamos sido un país nórdico, por ejemplo, Suiza, pero que hablaba en español.
Esta categoría de hipercríticos recorre transversalmente la sociedad. Es algo lógico: abarca a los que se quedaron con el secundario y a los profesionales exitosos; a los “K” y a los peronistas anti-K; a los que cambiaron de partido, a muchos radicales y ex-PRO; a los de calles de tierra y también a los de calles pavimentadas, con aceras anchas y autos estacionados a 45°.
Los fanáticos, el núcleo duro, el voto consolidado, ni abren la boca. Saben que entrar al juego de las redes a defender a este indefendible gobierno es bocatto di cardinale para las fauces opositoras.
Me tomo el atrevimiento de ser un tanto disruptivo: desde Alfonsín hasta Alberto Fernández, inclusive, estuvimos muy lejos de ser un país nórdico.
Y quienes ahora nos vendrán a salvar de este desastre, ¿quiénes serán?
Antes de seguir, y mientras pensamos juntos la respuesta, hagamos un vuelo rasante sobre la historia desde la vuelta de la democracia.
Porque, para mí, este gobierno, con todo su proyecto político, no nace por generación espontánea: es el triste resultado de 40 años de hacer lo que se hizo.
A Alfonsín le hicieron 13 paros generales. Con sus errores, que los habrá tenido, no lo dejaron gobernar. Menem prometió el salariazo, la revolución productiva y un nacionalismo a ultranza y, al llegar al gobierno, cambió el rumbo; igualmente, fue apoyado por los mismos que ayudaron a que Alfonsín renunciara.
Llegó De la Rúa, un gobierno errático asociado con el peronismo de izquierda; le renunció el vicepresidente, creando un vacío de poder enorme, y llegó el 2001, que, según CFK, fue armado desde la provincia de Buenos Aires.
Tuvimos varios presidentes en pocos días.
Declaramos el default con la anuencia del Congreso, aplaudiendo de pie, y asumió Duhalde. “El que depositó dólares, recibirá dólares”, dijo, pero lo que no aclaró fue que la paridad no sería uno a uno; o tal vez lo avisó y no se escuchó porque el ensordecedor ruido de los aplausos parlamentarios lo tapó.
Se llamó a elecciones. Menem, suponiendo que en segunda vuelta perdía, no se presentó, y Néstor Kirchner fue presidente.
Después CFK, y otra vez CFK: para algunos, una década ganada; para otros, una década robada.
Llegó Macri. Imposible hacer nada, un palo en cada rueda. Su mayor mérito fue lograr terminar el mandato.
Y por fin volvió el peronismo de la mano de Alberto Fernández, que, sin entrar en demasiados detalles, fue para muchos el peor gobierno de la historia: corrupción, inflación galopante, la fiesta de Olivos en plena pandemia, el escándalo de las vacunas y los vacunatorios VIP y, finalmente, Massa con el “plan platita”, dejando la economía a punto de estallar y al país al borde de volar por los aires.
Todo estaba encaminado para que Juntos por el Cambio ganara las elecciones.
Y, por las dudas de que eso pasara y se produjera la apertura de los juzgados federales, quienes tenían interés en impedirlo tuvieron la mejor idea: poner una cuña en la oposición. Así fue como, desde esa mirada, potenciaron a Milei, llenaron sus listas y lo impulsaron con la intención de que le sacara votos por derecha a Juntos por el Cambio.
Pero la jugada les salió mal.
Con los votos del electorado de Juntos por el Cambio, o anti-K, y de los cansados de las extorsiones de los movimientos sociales, Javier Milei, el “candidato blue”, la segunda marca, el muletto populista, llegó al gobierno.
Sin el aporte secreto e inestimable de los esclavos de las movilizaciones y de las acampadas por un plan, que encima pagábamos todos, esto no hubiera sido posible.
El problema no es “la herencia” de un solo gobierno anterior, y no por eximir de culpas al expresidente o pensarlo inimputable, sino cuatro décadas de hacer las cosas mal o de no permitir que se hicieran bien.
Eso no se resuelve de la noche a la mañana.
Analizar a esta gestión en una hipotética “cámara Gesell temporal” que empiece solo el 10 de diciembre es, cuanto menos, cuestionable.
Sería descontextualizar la situación, pensar que nada pasó antes, que no tenemos historia.
Sería recibir una herencia sin beneficio de inventario: hacerse cargo de todo el desastre anterior sin derecho al pataleo.
Sin embargo, para muchos hipercríticos, gente honesta e intelectualmente preparada, este gobierno, que ni comprando al jurado pasará a la historia como el mejor, comete un pecado de omisión.
Esto es lo mejor que le puede pasar a un sector de la clase dirigente argentina. No hablo de “LOS NOSOTROS”, los de a pie, los comunes, los que no hacemos negocios con el Estado.
Tengo la sensación, casi la semiplena convicción, de que el desastre que nos dejaron 40 años de errores, algunos por impericia, algunos por corrupción, otros por decepción y entrega vergonzosa, requería una limpieza profunda.
Estaban necesitando que alguien hiciera el “trabajo sucio” para después venir ellos, fundirse con un pueblo empobrecido, desocupado y endeudado en un abrazo, como el de De Paul con Messi, y, a partir de ahí, arrancar otra historia.
O la misma de antes, pero con el equilibrio fiscal hecho, Vaca Muerta funcionando a full, “Toro Vivo” en desarrollo y la posibilidad, ahora sí, de echarle toda la culpa a este gobierno.
Es la regla de la calesita: cada diez años sacamos la sortija.
Al principio, era solo cuestión de no molestar y dormir la siesta; alguna no la dejaron pasar, pero tampoco se podía ir por todo, un poco había que disimular.
Al mismo tiempo, solo había que apoyar a cualquiera que se manifestara, con derechos o sin ellos.
Sabían que un día la paciencia y la esperanza se agotarían y a la gente poco le preocuparía el recuerdo del ayer.
Porque a estos, como a ninguno, el plan no les iba a funcionar: tenían que ajustar por todos lados, eso crearía descontento y, con solo tirar unas ramitas secas, se provocaría un incendio hermoso.
Con el fuego, las inversiones desaparecerían, los jubilados estarían desamparados, sumado a alguna cuota de corrupción, alguna metida de pata, el modelo sobre discapacidad, un paseíto por EE. UU., aclarar que nada de lo que temen que se haga se va a hacer, y ¡salta el dólar, sube el riesgo país, aparecen los insultos y listo el pollo!
¿Podía salir mal?
Sí, pero les salió bien.
Este gobierno, especialista en pegarse tiros en los pies, escasamente empático y con aparentes fisuras internas, ha generado avances económicos difíciles de obviar.
Hay cosas realmente innegables: superávit, reducción de la inflación, reinserción en el mundo y seguramente algunas otras.
Indudablemente, algo había que hacer, aunque no fuera justo y mucho menos simpático.
¿Pero alguien creyó sinceramente que iba a ser gratis, inmediato e indoloro pasar de un estado de pre quiebra a la normalización?
Sin pretender justificar ninguna medida, y aceptando que los elegidos para “poner el hombro” hemos sido los discapacitados, los jubilados, los empleados públicos y la clase media en su conjunto, con la misma honestidad habría que reconocer que las tarifas que se pagaban estaban totalmente fuera de lugar.
Los países no subsidian en esa proporción porque es imposible, al menos sin endeudarse, emitir o aumentar impuestos; ningún gobernante pone dinero de su bolsillo, se hace con lo que se recauda.
Nuestras amistades internacionales eran “lo mejor de cada casa”, ni bueno ni malo, pero llegan pocas inversiones a ese tipo de países; alcanza con leer un poco.
Con estadísticas poco creíbles, sin seguridad jurídica y con algunos rapaces que se llevaban la nuestra sin que nos diéramos cuenta, las obras inconclusas, los hospitales sin insumos, los chalecos antibalas vencidos, los patrulleros sin nafta y las escuelas sin estufas son la muestra palmaria de lo que provoca la corrupción.
Y de ese tema tenemos bastante para hablar.
Acá nadie orina agua bendita y en todos los gobiernos pasan cosas.
Lo que sucede es que la acumulación de esas cosas termina un día haciendo estallar a la sociedad, incrementando sus necesidades más elementales.
En recientes declaraciones, el exvicepresidente de la Nación, exministro de Economía y ex titular de la ANSES, Amado Boudou, afirmó que, para cambiar el rumbo económico actual, un futuro gobierno debe terminar con el superávit fiscal, volver a subsidiar las tarifas, aplicar un “shock distributivo” y derogar las reformas laborales.
Es decir, un “plan platita” corregido y aumentado.
Me surge una duda infantil: si era tan fácil, ¿cómo pudo haber salido tan mal anteriormente? ¿Qué variables cambiaron? Quizás haya que hacer algún “ajuste”.
Lo que, en la jerga popular, sería avanzar hacia el pasado.
No está ni bien ni mal, es simplemente la opinión de alguien con “pergaminos” como para tener en cuenta su definición.
Mientras tanto, la UCR sigue sin poder reconciliarse con el pueblo; la ancha avenida del medio, o el nombre pomposo o simplón que le pongan, no puede hacer pie.
Y si la Liga de Gobernadores marchara toda junta, nada bueno saldría de allí: la puja distributiva, los egos y las diferencias ideológicas y de gestión que cada uno aporta hacen inviable cualquier intento de mancomunar esfuerzos.
Antes de las elecciones, el actual senador Luis Juez, ante la opción de votar a Sergio Massa o a Javier Milei, dijo que era como elegir entre Drácula y Frankenstein.
Me animo a decir que, para la próxima, sean los nombres que sean, la elección se dirimirá entre la Causa y la Consecuencia de este desastre que nos toca vivir.
Y si pensar nos cuesta mucho, la opción siempre es cerrar los ojos, taparse la nariz e ir a votar por lo que dicte el corazón.
(*) Consultor y Columnista de Opinión
DNI 12.088.056
21 septiembre 2026
Opinion